martes, 23 de febrero de 2010

Mujer que habitas la celda del burka

Eres flor en clausura. Distantes los trinos al sol y el aroma que el viento dispersa en la dicha de los campos.

Siento pesar e impotencia.

Me duele, sobre todo, que se les niegue a los niños la sonrisa amorosa de sus madres en plena calle.


Foto: Steve Evans

miércoles, 10 de febrero de 2010


En el puente

Ya ves, con cada nuevo encuentro nos alejamos más de aquel pasado que tuvo mucha hiel y poca miel. Son encuentros en mi puente de siempre: yo voy, tú vienes. Sólo que antes éramos únicamente los dos allí parados hablando en tono festivo de nuestros respectivos presentes, sin alusiones nostálgicas por supuesto (¿nos acordábamos de algo?). Ahora somos más: mi pareja, tu mujer y el bebé recién nacido; y charlamos también porque siempre nos hemos saludado con simpatía. Parecemos viejos conocidos más que antiguos amantes (suena sórdido, ¿no?). Tal vez, a fuerza de la costumbre, no nos planteamos lo que fuimos; aunque en ocasiones, mientras nuestras bocas sonríen, tus ojos se ponen tristes. Es un ramalazo, como la angustia en mi estómago ya pocas veces. ¡Queda tan lejos aquel encuentro en que aún me hablabas de tomar una copa juntos!
Ahora, entre risas, yo formulo el deseo de ver a tu hijo correteando por ahí. Así de sencillo (¿lo es?).

Marina Caballero
De Apuntes de un verano.

sábado, 30 de enero de 2010

El poeta entre la tierra y los sueños

Evoquemos por unos instantes la Arcadia. Aquella región montañosa y con bosques del antiguo Peloponeso que los poetas griegos, latinos y también renacentistas ensalzaron e idealizaron.
Ya desde Virgilio, en sus ficciones, ellos describían la Arcadia como un lugar bello donde habitaba la inocencia, inocencia sin artificios, y la felicidad.
Sin embargo, los parajes habituales del poeta, esos parajes interiores que habitan sus sentamientos, no son tan apacibles. Ni siquiera entonces lo fueron. Y así lo sentí en mi viaje reciente al encuentro de los poetas antiguos. Hallé a Anacreonte no tan embebido como otras veces en sus canciones ligeras de amor y vino. Por el contrario, él se dolía de su propia vejez. Aquella muchacha de sandalias de colores…

…Pero ella, que es de la bien trazada Lesbos,
mi cabellera, por ser blanca, desprecia,
y mira, embobada, hacia alguna otra.

También visité a Safo cuando ella componía un canto de bodas por encargo, mas su tono festivo se trocó en lamento al recordar la partida de una amiga y su lecho vacío.

… Y media la noche,
la hora pasa,
y voy a acostarme sola.

Finalmente acudí a Roma para escuchar a Catulo, considerado por muchos como el mejor poeta lírico latino. Él me recibió arremetiendo sin pelos en la lengua contra su amada infiel.

¡Malvada, ay de ti! ¡Qué vida te espera!
¿Quién se te acercará ahora? ¿Quién te verá hermosa?...

Aunque, tras el desahogo, se entregó al deleite que le inspiraba un bello lugar.

Y así, tantos otros, desde entonces hasta nuestros días. Dudas, contradicciones e incluso sus autocríticas. El poeta ante el espejo y dentro de su laberinto. El poeta entre el fuego y el frío. Unas veces asiéndose a las cosas, a los objetos, o a la misma naturaleza y sus seres vivos, buscando reconocerse en ellos o utilizándolos para explicarse. Y otras veces simplemente ocupando con sus propias preguntas el entorno vacío. Y todo ese arrebato, esa lucha interior impregnando trazos sobre un papel, palabras que intentan ser arte.
La emoción del arte.


Marina Caballero
Fragmento presentación Jornadas Literarias (2004). Casa Revilla, Valladolid.
Ilustraciones:
Safo de Lesbos en un mural de Pompeya (Fratelli Alinari) y
Anacreonte de Téos, obra romana en mármol, Museo del Louvre, Paris.


jueves, 14 de enero de 2010

A veces,
palabras tan loadas como entereza,
resignación,
serenidad,
ponen mordaza
a la rebeldía de quienes sufren lo injusto.


Del poemario Hálitos

Marina Caballero

sábado, 9 de enero de 2010

LA FATALIDAD
SE DIBUJÓ
EN UN PLATO DE LOZA


Ella se fue con otro hombre y le dejó un beso en la boca de disculpa. Marchó ávida a la aventura del nuevo varón y le dejó un plato como recuerdo. Aquel plato con su rostro de musa embaucadora grabado en el fondo.
Él se desentendió antes del objeto que del beso y buscó con empeño otras bocas para olvidar el antiguo sabor.
Pronto en sus salidas de desquite encontró a la muchacha posesiva que le planchó los pantalones en ausencia de su madre. ¡Ahí te quedas!, dijo él entonces al bello rostro de loza que tantas madrugadas había encandilado su libido; y con desdén, como cosa finita, arrinconó el plato en las tinieblas del aparador.
De nuevo florecieron las lilas en el patio de atrás, y a medida que luego iban cayendo sobre las losetas grises, él se apoyaba más en la relación estable que la muchacha hacía acogedora. Juntos remozaron la casa para anidar pronto: pulían, barnizaban..., o pedaleaban en las tardes de asueto por la ribera, o reunían a parejas de amigos durante largas sobremesas de monopoly. Y aunque a él por varias veces se le escapó otro nombre de mujer, la muchacha consoló su nerviosismo mordiéndose las uñas. Así, un sábado de tórrido agosto, ambos intercambiaron sendas alianzas conmovidos por la coral de alquiler. Y la llamada de la carne endulzada con ternura los hizo buenos compañeros de lecho, que reían lo chocante de cada jornada bajo el edredón de plumas. Estaban a sus cosas con las emociones en orden: él asesorando contribuyentes y la muchacha envasando conservas. En aquella placidez, las hojas del álamo joven se iban posando una tras otra sobre el seto. Entonces llegó un telegrama y la muchacha fiel cruzó a la ciudad de al lado. Fueron besos con lágrimas a pesar de que la ausencia se preveía corta.
Él no quiso aburrirse demasiado: entre martillo y taladro fumó de nuevo, luego reposó enfrascado en un manual de historia, y al olor de canelones parmesanos buscó un plato. Para nada se acordaba, pero un rayo dorado despertó del letargo los sugerentes ojos de loza y ella volvió a seducirlo, como en aquel otro invierno cuando la nieve dibujó flores en los arbustos.
La obsesión de lujo bajó las persianas. No obstante pronto el embeleso se trocó en odio ante aquel rostro sin cuerpo que nada le daba. Entonces quiso afearla con el uso y comió encima. Pero la salsa deformaba su sonrisa de loza en burla. Encolerizado, la tapó con el guiso. Rechinó el tenedor que pinchaba la carne. ¡Muérete!, musitó convulso, y con la violencia del corte, el cuchillo le saltó a la garganta.
Cuando la muchacha eficaz regresó de sus gestiones, se lo encontró a él desangrado junto a los pedazos de un plato roto. De un plato blanco y liso entre restos de comida. La tierra no cubrió el espanto. A buen seguro el dolor mordería su juventud durante varios calendarios. Aún así, la muchacha ultimó quehaceres, y antes de partir al sosiego de sus padres, arrojó los trozos de loza a un contenedor mientras el viento barría la última hojarasca de la esquina.


Marina Caballero
Ilustración: Pumbélere de Agustín Espina.
60 x 44 cm. Arte Nuevo Digital. (Pintado a mano alzada).

jueves, 7 de enero de 2010


En el libro abierto,
alivio o delicia de dos seres...


Tan sólo reflejos que esmalta la lluvia en las aceras…
En esta noche de desconcierto,
cercano está el poeta que ya no existe
en su realidad de carne y de hábitos.
Él se acuesta a mi lado y me susurra
la belleza que se encontró en su tiempo:
La charla queda de las miradas,
recorrido de los grandes jardines siempre lozanos;
el paso lento de labio a labio,
romería con perfumes que se entrelazan;
la emoción sin lágrima en dos pieles juntas,
retorno de aves a tierras de sol...
Y así mi espera se vuelve crédula.
Transijo con la antipatía de los momentos.

Del poemario Desde la quietud

Marina Caballero

domingo, 3 de enero de 2010

Por la calle

Calor, sudores.
La joven se aleja del quiosco de helados, mientras se lleva a la boca un polo de naranja. Camina resuelta con la manga corta de su camisa vacía. Es manca.

Calor, asfixia, sopor.
El viento agita e hincha los plásticos azulones del edificio en obras, y la polvareda se adueña de la calle. En la acera él y ella, perezosos, siguen camelándose.

Calor, pesadez, apatía.
Junto a las cajas de fruta, sentada en el bordillo, una niña dibuja mares con olas.

Calor, agobio, hedor.
El hombre de amarillo se me queda mirando con exquisitez. Luego empuja de nuevo el contenedor, entretanto yo, con un ramo de flores frescas, sonrío desde la parada del autobús.

De Apuntes de un verano

Marina Caballero

viernes, 1 de enero de 2010

Lo onírico en aquel prólogo publicado por la revista P.O.E.M.A.S. de Rafael Marín


He quedado con ella bajo los soportales en la Plaza, entre el barullo de los comercios aún abiertos, cuando la tarde ya se hizo noche y los faroles rasgan las sombras. Mi amiga la poeta se acerca, de gris o de azul, sin detalles que resalten en la camisa, ¿o es la chaqueta? Mas según bajo la mirada, reparo en sus medias hasta la cintura que cubren y transparentan su carne a la luz brillante de la tienda de regalos, sin vello en el pubis, piel de seda... Cuando se da la vuelta mostrando sus glúteos, mis ojos chocan con el pesado, voluminoso diccionario de la Real Academia que cuelga de su espalda.

Marina Caballero

domingo, 27 de diciembre de 2009



La flauta despertó a las piedras.
Son esos plateros, labradores, panaderos de otra época.



A veces yo le pongo imaginación a mi ciudad.
Ella se ensancha y recupera sus quimeras.
Los canalones ya no gotean la lluvia del pasado.
Ni las casas viejas abortan a cada rato su historia.
¿Quién es la niña que colecciona hojas secas sobre ese banco?
¿Quién es aquel gitano que rasguea la guitarra junto a su bebé?
Estoy pisando la sal. Y recojo los pétalos.
También aquella sombrilla que se llevó la riada.
Que ahora se lleve la sangre y los pecados.
Mientras la ciudad calla.
Siempre las piedras tan reacias a mostrar sus emociones.
Abrid los balcones miradas de antes. ¿No veis los mismos cedros?
Y despertad vuestros logros.
Cual frutas que maduraron a su tiempo.
Es ese platero. Esa bordadora. O ese comediante.
Y tantos seres anónimos.
Vivid. Vivid de nuevo.
Hoy mis pasos quieren seguir los vuestros hasta la plaza.
Que se llenen de sentimientos los soportales.
De manos tendidas. Felices comensales de barquillos y acerolas.
Sois mi hermano. Sois mi maestro.
Mientras suenan las bandas de otros siglos.


Marina Caballero
Foto: Acera de San Francisco, junto a la Plaza Mayor (Valladolid)
Se desconoce el autor.

lunes, 14 de diciembre de 2009





“Esta noche es Nochebuena
y mañana Navidad.
Dame la bota, María,
que me voy a emborrachar…”



A quienes asomáis a este pequeño rincón de la web,
os deseo que no os falte el calor del afecto en estos días y en los venideros, cuando las luces de colores se apaguen y retomemos lo cotidiano.
Mas allá de nuestro querer existir, de afanes y zozobras, sigamos teniendo presente que muchos seres, víctimas de la violencia y de la pobreza, necesitan de nuestra mano tendida. Es verdad que las palabras conmueven, pero sólo los hechos resuelven o al menos alivian.

¡Muy feliz 2010!

Texto: Marina Caballero
Foto: Marta Campos

miércoles, 9 de diciembre de 2009





DESDE LA QUIETUD
(2002-2004)
Selección



Estabas tú. Centinela de colinas verdes.

Lo viste bello. Y quisiste el paisaje.
Eran dunas en el amanecer tibio.
Cúspides teñidas de mora o de castaño.
Planicies en calma y laderas queriendo acunarse.
Recodos asentados en una dulce pereza.
Sombras de misterio sobre el valle fértil.
Cómo no llegarse hasta la cueva honda y recorrerla.
Aspiración o embeleso.
Que a tu paso palpitara la tierra
con temblores de fuego y de savia.
Entrañas salvajes atrapando la vida
mientras el tiempo se plegaba inerme.
Luego afuera
el aire en reposo
y tu cuerpo callado sobre un campo de pensamientos.
Ese paisaje era yo.
Al otro lado de un frío cristal. Tu ventana.

…. …. …..

Lo sé.
Mientras tanto,
dibujabas mi perfil desnudo sobre la almohada
.

De mi cama a la tuya,
todo el espacio acharolado de luna.
Toda la espera golpeando cristales.
Pestañas sin sueño,
entre el quebranto y la gloria,
con la imaginación a punto de desbocarse.
Ahora me invento tu casa abierta
para pasar de mis sábanas a las tuyas.
Ese suspiro, esa postura, ese sueño.
Junto a ti recupero a la doncella de quince años que estrena lujuria.
De tu mano juego a la mujer ligera que se abre entre encajes.
Aquellas eran de tus libros. O de tus ganas.
Yo soy de carne
y mi rubor resbala por la colcha.
Desnudaré tu piel vestida de costumbre
con la emoción de caricias nuevas.
Y así los roces.
Y así los besos.
Hasta que... Escucha:
Dejemos delicias pendientes para otra noche de terciopelo,
que ahora
entre mi cama y la tuya
queda una calle quieta sin pasos ni luces
contagiando su frío.

.... …. ….

Y luego ¿qué?
Se quedó sin historia
como rutina de agua.

Ya no palpita el agua del río.
Aquella voluptuosidad de ondas,
tras el arrebato dorado y verde.
Se quedó la historia quieta
como la mía:
Inútiles cartas,
miradas,
dulzuras.
Inútiles angustias,
llamadas,
besos.
Inútiles esperas,
Inútiles sueños.
Quedaron sólo lágrimas colgadas de un puente. También inútiles.
Y la barca anclada en el río.


Marina Caballero
Foto: Andrés P. Llorente

sábado, 5 de diciembre de 2009

En el Levante, esos pueblos pintorescos que recrean los poetas...


"Caminé paso a paso por las calles de Altea
y sentí el aroma del mar… muy cerca… muy cerca."
Del poemario A la deriva, de Araceli Sagüillo


Contigo, de tus palabras, regreso al verano de la costa y a las vacaciones en el puerto. Ahora quién se acuerda de un reloj. Ya sólo la luz, las campanas, el silencio o unas pisadas llaman a costumbres como levantarse, comer, ir a la playa, acostarse.
Te imagino con el bolígrafo o un lápiz en suspenso, porque en poesía es importante lo que se escribe, esa palabra quieta, sola, la pausa incluso. Pero también lo que se calla. Hasta la duda por lo que no se escribió y lo que se siente y queda postergado. Pues también luego late en tu voz firme y honda.
Sí, te imagino entregada, para ti sola, mirando una ola, un horizonte. O aquella algarabía festiva de la calle. Es cuando el ritmo que impone lo cotidiano se rompe. Porque en la vida de todos los días, uno se muere un poco con cada día que acaba.
Ahora contigo sencillamente contemplar. Ese placer ensimismado en ver cómo el mar se mueve, su cadencia; o cómo una roca perdura. Aquietarse en un espacio donde todo se nos ofrece: Sol, brisa, el rumor del oleaje. O casas blancas y flores. Y ese banco para reposar sin ninguna prisa.
Creo que la vida se detiene en esos momentos. Pues es como aventurarse en la eternidad.
Quizá las olas que a ti te envuelven no sean las mismas que yo siento. E incluso imagine un paisaje diferente. Pero eso poco importa. Tus palabras han sugerido estas otras y también silencios que no escribo. Porque se quedan ahí, sólo para mí misma.


Marina Caballero

martes, 1 de diciembre de 2009

Al colectivo BOCALLAVE. Palabra tan sugerente…


Bocallave que atrapa tu fantasía


¿Transitas el pasaje de los breves encuentros?
Encuentros que duelen tanto cuando se gozan.
Cada bocallave exhala el aroma de lo incierto.
Esa penumbra roja donde la piel llora.
Entrega mórbida. Brazo recio.
Es la última travesura.
Dedos que se entrelazan pasajeros.
Sal y almíbar en la boca...

Cada puerta cierra una despedida.
El gesto en el aire. Pronto o nunca.
Que tu ansia no la encojan los celos.


Marina Caballero
A Teresa Morán
(habla su espíritu a través de los objetos con tizas pastel)


Cuando te ausentas, acaricio el aire.
Y, a veces, he tropezado con otro rostro.


Un corazón en una red.
Una ojera estrangulada.
Dedos entre barrotes.
Pubis partido en dos.
Y tu beso de cometa,
de tréboles o de cascada me llega
no importa seas la chica pintora y no él.
Dando sol a tanto roto que dejó la polvareda
esa noche en que nos entorpecimos los dos.


Marina Caballero
Del poemario Desde la quietud

viernes, 20 de noviembre de 2009

Retrospectiva














CASA DE CERVANTES. VALLADOLID
MAÑANAS DE LA BIBLIOTECA
Programación mayo 2007
12:00 h Domingo 6

PRESENTACIÓN DEL LIBRO:
Asida al instante de Marina Caballero,
a cargo de Carmen Isabel Santamaría

La primera parte de este libro se titula La niña de cristal. Es la voz de la madre y su recorrido poético por las presencias, también ausencias, de una hija adolescente.

Dos de estas secuencias:

Cuando sucumbes,
acoges los cuidados.
Te vuelves mansa.
Es la era de los mimos, la flauta, tu tarareo.
Y en la pausa
el reloj acompasa tu sueño y mi niebla.
Cuando te vence la vida,
envuelves tus derrotas en el edredón de la infancia, que cobijó juegos,
miedos.
Por fin estás aquí,
y regresa la niña que no te quiere abandonar
(aflora bajo el khol de los ojos)
pese a que tú la rechazas.

... ... ...

Aquel gorrión muerto. O ese gato enfermo.
Te sale al paso el frío de la vida.
Y te encoges.

La segunda parte se titula Cuando la vida regresa: una mujer mayor reconsidera su vida y regresa a instantes que siguen presentes, porque no han sido olvidados; y como de la mano también regresan días, años...

Poema VI

Aquellos meses los vivía a solas.
Y a veces
su dolor de mujer puso tregua a la colada.
Luego el dolor cesó
y las sillas de madera supieron de su espera
mientras la ilusión bordaba y tejía.
Para entonces la ausencia del hombre ya no golpeaba la puerta.
La costumbre le había puesto silencio.

Poema XII

La madre volvería con los años.
Para recordarle el vaso de leche en cada madrugada.
Era cuando la vida se quedaba corta.
Y ella desenvolvía los errores.
Tenían briznas de hierba como lazos
y el papel de seda de una costurera.
Ahora cada cosa o ser se hace oír
en una lenta expiación que no acaba.
Pudo ser otra historia.
Sí, otra vida antes de que llegaran las arrugas.
Pero ¿a qué negar la vieja cosecha?

El libro concluye con De otros días. Son poemillas escritos siguiendo el discurrir natural de las estaciones. Responden a sensaciones mías o reflexiones tan diferentes a lo largo de aquellos días y tan diferentes a lo largo de un solo día.
Algunos de estos breves poemas:

Se apasiona el otoño...
Y me precede una lluvia espesa de hojas
doradas por el último sol.
... ... ...
El ruido acalla
un silencio que delata.
... ... ...
Mujer dormida.
Que retorne la tersura del pétalo.
O envejecerá.

Texto: Marina Caballero
Foto: Ana Barón

martes, 17 de noviembre de 2009


En aquella calleja de un cine olvidado, dos seres perdidos...


Tus manos buscaban mis rincones.
Rincones sin lluvia para el hombre que tenía frío
aun con el abrigo puesto.
¿Ves el hielo que rompe los cristales?
Llegabas casi sin deseo. Los sueños se quedaban en el cine.
Apenas la curiosidad de abrir otra puerta.
Ya no sonaban carruseles.
¿Quién hundió los colores en el fango?
Buscabas mis rincones casi sin adornos.
Maltratados por el tiempo. En abandono.
Con la última verbena
quedó la última bombilla.
También el hueco para guarecer
al único refugiado
al resguardo del viento que soplaba cerca.
Poco importaban los nombres.
Ni había ganas para dichos. Ni sitio para historias
que retienen mejor los panteones.
Mira las sonrisas huecas de un cartel que perdieron su vigencia.
Tú te apretabas contra mis rincones.
Cual lisura de un estreno sin pintadas.
Hacías tuyos sus aromas
arrancando locuras a la noche.
Era la ruta de fuego que incendiaba cada curva hasta el estallido.
Golpeteo de un corazón. Retumba en las ventanas.
Luego venía el silencio
para arropar a la ternura con su capa.
Minutos
que ojalá fueran horas
porque la escarcha cubría ya los tejados.
¿No oyes el despertador? Está rompiendo los sueños...
De pie la ciudad
tenías que marchar.
Olvidando la piel, el sopor.
Con la borrachera en las pisadas.
Y según te ibas,
el tatuaje de tu sombra quedaba en mis rincones.
Aquellos rincones sin lluvia.
Ahora bañados con racimos de soles.


Marina Caballero del Pozo